La Marcha de la Bronca
En uno de los días con más visitas de la historia de este blog, mantuvimos silencio. Es que habría que empezar a putear a todos. A mi amigo Royal lo pararon dieciséis piquetes en su retorno de Mendoza con su hijo Benjamín, que no tiene un año. La Ciencia Maldita se declara en contra de todo: de las retenciones, de los cortes de rutas, de los que tratan de descortar las rutas, del gobierno, de los que están juntando firmas para que se vaya Cristina, de D’Elía, de los terratenientes, de la oligarquía vacuna y de la oligarquía santacruceña. Como dijo una vez el Gatito Leeb cuando caminaba por la cornisa como técnico del Taladro: “es tu familia y la selva”.
Y vaya selva. Qué quilombo de país. Si sube el petróleo, Qatar está de fiesta; si sube el cobre, Chile está de fiesta; si sube la soja, en la Argentina hay cacerolazos. Dios. Anteayer antes de que hablara Cristina decíamos que en un mes los grandes centros urbanos empuñaban las cacerolas. Le erramos, parece, por veintinueve días y veinte horas. Pero no estoy del todo seguro. El cacerolismo verdadero es el que va a venir si el bife que me comí este mediodía en Rulos fue mi último bife. El cacerolismo de ayer no sé si es blanco o negro -no me importa tanto- pero es el mismo cacerolismo ansioso que echa a Troglio, endiosa y luego demoniza a Menem, a Cavallo, a la Alianza, a Blumberg. Es el cacerolismo que pone hoy a Cavenaghi en la selección.
La ansiedad argentina. ¿De dónde viene? ¿Es que estamos lejos de donde creemos que pertenecemos y queremos llegar rápido? ¡Pero si Martín quiere que lleguemos Sin Atajos! ¡Néstor decía que estábamos “a las puertas de ser un país normal“! ¡Pero si toda esta mierda que inventamos -avivémonos, Martín- fue un atajo! No fue normal. No me refiero a las retenciones móviles. Me refiero a que normal quiere decir más o menos como los demás. Si somos de clase media a nivel mundial, ¿por qué quisimos salarios de Primer Mundo en los noventa? Nos comimos cuatro años de depresion. ¿Por qué quisimos salarios de Tercer Mundo en esta década? Nos metimos en esta inflación. ¿Para qué? Hoy somos igual de caros o de baratos que si hubiéramos tenido $2,50 y 5% de inflación. ¿Crecimos un punto más por año gracias al híperdolar? No lo sé, pero si fue así: ¡a eso le llamo yo un atajo!
A cambio de ese discutible beneficio ya estamos en niveles de inflación sesentistas y en el laberinto de compensaciones: subsidios para el gasoil, retenciones a la leche y subsidos a la leche al mismo tiempo, la propuesta que flotó alguno de los Fernández de “atenuar los costos de insumos y fletes, diferenciadas por sectores, por volumen de producción y por regiones“. Un voluntarismo y una confianza en la acción individual comparable a la de Ramaciotti cuando decía que él podía reducir a cero el error humano en el fútbol. ¿Por qué no hacemos lo que hace un país normal? ¿Por qué no tenemos metas de inflación? ¿Por qué no ahorramos de verdad cuando las vacas están gordas? ¿Por qué tenemos que posponer las cosas más elementales? No es tan difícil. Y funciona.
Basta de “trabajar en las cadenas productivas”, viejo. El mercado trabaja solo. Poned impuestos locos y oíd el ruido de rotas cadenas. Poned impuestos razonables y ved en trono a la noble igualdad. Ayer me preguntaba mi editor: ¿hay algún país con claras ventajas comparativas en materias primas que se haya hecho rico gracias a una industrialización sustitutiva? Me dejó pensando. USA en el siglo XIX creo que es el último caso. No vale los BRIC: ellos, pobres, tienen que someterse a una revolución industrial explotadora porque la naturaleza no les ha dado las oportunidades que nos dio a nosotros. Nosotros somos el furgón de cola del NACAr, ¿cuándo lo vamos a entender?. Necesitamos un nuevo programa económico, preferentemente el de Monsieur Guizot, que contenía apenas dos palabras: “Enrichissez-vous“.
Mientras tanto hago como la Iglesia, como AEA, me ofrezco como mediador. Pero creo que acá el que cede primero es el más vivo. Si yo fuera Eduardo Buzzi y tuviera ganas no sólo de que bajen las retenciones sino de ganarle al gobierno, diría: frenamos el paro y vamos todos a Buenos Aires. Dejemos pasar a los camiones, pero les hacemos dedo. Llenemos la plaza de barro y de trigo. Lleguemos en furgonetas, en bici, en camiones. Un Dunkerke de tierra adentro. Sin prisa, sin pausa. Sin atajos. Descendamos juntos a la ciudad: los productores y los porotos que supimos conseguir. Vamos repartiendo alimentos por los caminos. Leche para los bebes, duraznos para los niños, panecillos blancos para las viejas sin dientes. Un happening de la abundancia. Un aluvión proteico. Vamos con una convicción: Cristina va a anular la suba de retenciones antes del viernes a las 12 de la noche. Y después nos sentaremos a conversar sobre lo demás. Tocaremos respetuosamente la puerta de la Casa Rosada con un decreto ya preparado que anula el anterior, y un lugar en blanco para que firmen Martín y Cristina. Y cuando firmen, se arma la gran peña nacional en la Plaza de Mayo. Empanadas, vino, guitarreada. Gran Acuerdo Nacional. El campo se abraza con la ciudad.
No amenazamos. No decimos qué pasa si no firman. Ellos saben.


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